Entré por los comentarios y me quedé por la actitud

Una amiga me compartió el perfil de Instagram de las Hermanas Valero medio en broma por los comentarios. Dos señoras mayores compartiendo sus looks, posando con una seguridad absoluta. Tengo que ser honesto: los comentarios son muy simpáticos, ingeniosos incluso. Otros, directamente crueles. Se burlan de su edad, de lo delgadas que están, de lo bronceadas que se ven. La maldad clásica de las redes, disfrazada de humor.


Más allá del ruido.

Lo que realmente me llama la atención es que nada de eso las detiene. Las Hermanas Valero siguen saliendo. Siguen vistiéndose como quieren. Siguen mostrándose tal y como son. Con una seguridad que me encanta. Y ahí es donde la broma se convierte en otra cosa. En una lección bastante potente.

Imaginemos por un momento el escenario contrario. Imaginemos que esos comentarios les afectaran. Que empezaran a dudar. Que dejaran de publicar. Poco a poco desaparecería esa chispa que las hace únicas. No solo en redes sociales, también en su forma de estar en el mundo. Vivirían más pequeñas, más contenidas, más pendientes de agradar que de disfrutar.

Ellas eligen otra cosa.

Eligen no explicarse. Eligen reírse. Eligen seguir. Y esa decisión —tan simple en apariencia— es profundamente poderosa.

Porque vivir sin estar pendiente del qué dirán es libertad.

Lo fascinante es que, precisamente por eso, se han vuelto virales. No porque encajen, sino porque no lo intentan. Porque hay algo magnético en la gente que está cómoda siendo quien es.

No va de moda ni de edad.

Va de seguridad. De vivir sin pedir permiso. De no dejar que el ruido externo marque tu manera de estar en el mundo. Y quizá esa sea una de las formas más honestas —y más libres— de vivir. A mí me encantan ellas. Y me encanta la gente que vive sin pedir permiso.

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